Domingo de Guzmán, Hombre de Oración

Domingo de Guzmán, Hombre de Oración.

Los Santos fueron hijos de su tiempo. Domingo experimentó a Dios “haciendo historia” con su pueblo, en esa etapa fecunda que fue su vida. Domingo lee la urgencia del desafío, y decide comprometerse, respondiendo, desde el evangelio a los interrogantes que este mundo planteaba a su alma de apóstol.Dos son por tanto, los pilares sobre los que se sustenta el ideal de Domingo: El mundo en derredor y su experiencia de Dios. De tal manera, su oración no se puede entender separada de la referencia a la humanidad doliente de su tiempo, y de la experiencia íntima de Jesús en su vida.

En la experiencia de Domingo la oración se convertía en vida, y la vida en oración. La oración es para Domingo el modo de dirigirse al Padre para interceder por la suerte de su pueblo. Su Intercesión, hecha con palabras, con gestos, y con la vida misma, muestran la gran confianza que él tenía en la misericordia de Dios, pidiéndole que se haga presente como perdón en medio de su pueblo. Es también una oración profética, que se dirige al Dios cercano, preocupado por su pueblo. Es una oración apostólica, pues, nace al contacto con la humanidad doliente en sus largas jornadas apostólicas. Oraba porque amaba, pues se ora en la medida en que se ama.

El modo de orar de Domingo presupone un profundo sentido de fe, savia y exigencia de su relación con Dios, así como una convicción de que Dios está haciendo historia en su pueblo, el nuevo pueblo elegido. Domingo amaba rezar delante del crucifijo, “libro de la vida y del amor de Dios”, pues en él encontraba sintetizada toda su teología sobre Dios, palabra Redentora para la salvación de la humanidad.

La oración “secreta” Dominicana. (Mt. 6,5-6) Rezamos en secreto cuando hablamos a Dios a través de nuestro corazón y la contemplación del alma, y sólo le manifestamos a él nuestras disposiciones. La oración secreta plantea así una de las exigencias de la existencia humana y de la experiencia cristiana: el silencio y la contemplación. Dar gran importancia a la oración “secreta” no significa vivir una espiritualidad individualista. Domingo amaba la oración comunitaria y eclesial. Su oración secreta, más que distanciarle de los demás, le ayuda a seguir en medio de ellos, también en el silencio y el recogimiento.

La verdadera oración tiene siempre algo de “situacional”, pues parte, como base, de la condición de la persona, o de la comunidad, para dirigirse a Dios. “Orar es ponerse cara a cara, sinceramente ante Cristo y aceptar las consecuencias del evangelio”. Pero todos los matices del diálogo deben estar impregnados de esperanza, de fe, y de amor.

Orar desde la no-realidad de cada día lleva a una oración desencarnada que, a su vez, termina en frustración y cansancio vano. Orar implica partir de la realidad. Partir de lo que somos, de lo que hacemos o dejamos de hacer, de nuestros hermosos deseos y anhelos de superación, de nuestros pequeños o grandes fracasos de cada día.

Domingo es el hombre que se aferra a la Providencia Divina, confiando a Dios todos sus planes, y confiando plenamente en su amor misericordioso.

El contacto con la humanidad doliente y pecadora crea en Domingo un profundo sentimiento de compasión, que encontrará cause en su oración de cada día. Domingo es finalmente sensible a las necesidades de los demás, y asume la función de intercesor ante Dios por los pecados y desvaríos que observa en derredor. La intensidad de su compasión se puede medir por el fluir de lágrimas de profundo dolor por la dureza del corazón de sus contemporáneos. Con todo este dolor que él observa durante el día, se “refugía” en la oración durante la noche. El libro por excelencia de Domingo es la caridad. Su mejor oración, el gesto de entrega desinteresada, aunque costosa, al hermano necesitado.



Hay un nuevo paso en la compasión de Domingo, la comprensión, la misericordia. Misericordia como hemos visto, por los males materiales que afligen a los hombres y mujeres, y compasión misericordiosa por los extraviados, los pecadores, los infieles. Su dolor y angustia por el pecado de los hombre, no le llevaba a condenarlos, sino al encuentro personal con ellos, para que, a la luz de la Palabra, se convirtieran y se encaminasen por el sendero que conduce a la salvación.

La exigencia y el don de misericordia, como móvil de nuestra misión evangelizadora, nos invitan a una renovación de nuestra mirada, que nos sintonice con la forma de mirar siempre nueva de Jesús.