El lugar de la filosofía en la vida intelectual de la Orden

Los hermanos en muchas partes del mundo sienten que, aunque la filosofía parece más importante de lo que fue en el pasado, hay también dudas crecientes sobre si estamos dando la formación filosófica apropiada a nuestros hermanos. Hemos tendido a verla como un paso más bien pesado hacia la teología, como un lugar para adquirir el vocabulario que usaremos luego en teología. Al situar la verdad en la realidad y la posibilidad de la experiencia humana, la filosofía nos ayuda al descubrir la raíz de la verdad y nos permite saber cómo lo que se enuncia es verdadero (“rationibus… investigantibus veritatis radicem et facientibus scire quomodo sit verum quod dicitur”): Tomás de Aquino, Quaestiones quodlibetales IV, art. XVIII).

La filosofía debe ser entendida en el contexto de sus ciencias cercanas sociales, naturales y humanas, que nos dan comprensión sobre la condición humana y nuestro lugar en el cosmos. Como dominicos tenemos una especial responsabilidad en la herencia que hemos recibido de Santo Tomás, pero si tomamos seriamente la radicalidad del Evangelio, nuestra predicación debe estar igualmente atenta a los nuevos conocimientos y a las nuevas maneras de entender el mundo que nos rodea. Porque Dios nos revela su plan en una multitud de maneras, debemos mantener la delicada unidad-en-tensión entre fe y razón: “privada de lo que la revelación ofrece, la razón ha tomado caminos irrelevantes que la exponen al peligro de perder de vista su meta final. Privada de la razón, la fe ha enfatizado el sentimiento y la experiencia, y por lo tanto corre el riesgo de no poder ya ser una propuesta universal. Es una ilusión pensar que la fe unida a un razonamiento pobre podría ser más penetrante; al contrario, la fe corre entonces el riesgo de atrofiarse en mito o en superstición. Por lo mismo, la razón que no está relacionada con una fe madura no es llamada a dirigir su mirada a la novedad y radicalidad del ser” (Fides et Ratio,48).

Diálogo y una nueva teología de la misión.

El fin de nuestra Orden no es crear intelectuales sino formar predicadores que puedan proclamar el Evangelio en las múltiples fronteras del mundo moderno. Esto incluye la frontera de la pobreza que resulta de la globalización económica; la frontera de la humanidad y dignidad humana en el campo de la bioética; la frontera de la experiencia cristiana enfrentada con el pluralismo religioso; y la frontera de la experiencia religiosa frente al ateísmo, la indiferencia materialista y las nuevas formas de idolatría.

Desde nuestros primeros días, la Orden ha promovido sin temor una espiritualidad de diálogo. En nuestro mundo pluralista de hoy, los desafíos del diálogo nunca han sido mayores. Hoy nuestro mundo nos llama, primero, a perseverar en la conversión de las iglesias hacia la unidad de la Iglesia de Cristo. Esto exige, antes que nada, el examen de conciencia y la purificación de las memorias. Segundo, nos llama a aprender que la verdad universal puede entrar en la particularidad de la cultura y la historia. Tercero, nos llama a estudiar y predicar la kenosis de Dios, quien se abajó a la carne del mundo y a los límites de nuestro lenguaje y cultura.

En este diálogo debemos tener cuidado de no perder “La pasión por la verdad última y nuestro ardor por la investigación”. Esto requerirá que desarrollemos una nueva teología de la misión y evangelización al enfrentarnos a una crisis de sentido, una pluralidad de teorías con las que podemos no estar de acuerdo, e incluso a la indiferencia. El verdadero diálogo implica profundizar en nuestra propia identidad y permitirnos a nosotros mismos ser verdaderamente vulnerables, de modo que podamos escuchar a los demás y oír su dolor.

¿Qué clase de hombres y mujeres necesitamos para este nuevo trabajo? Los predicadores-teólogos de hoy serán razonables y bien informados acerca de numerosas disciplinas, aunque no sean especialistas en todas ellas. Tendrán que ser hombres y mujeres sabios que puedan orientar a otros y a sí mismos hacia su destino final. No deberán temer alcanzar los límites de la razón y deberán estar abiertos a la “necia sabiduría” de la Cruz. “La sabiduría de la Cruz… rompe con todas las imitaciones culturales que buscan limitarla e insiste en la apertura a la universalidad de la verdad que porta” (Fides et Ratio, 23). Precisamente donde la ciencia moderna nos da una nebulosa complejidad, los dominicos deberán ser hombres y mujeres no de respuestas fáciles sino de preguntas difíciles, inspiradas por la pasión por la verdad.