La llamada a la Vida Intelectual de la Orden de Predicadores

El Estudio como Misericordia Veritatis. 

Gracias al espíritu innovador de Santo Domingo, el estudio ordenado a la salvación de las almas fue incorporado íntimamente al propósito y vida regular de la Orden. El mismo Santo Domingo envió a los hermanos a los centros de estudio en las ciudades más grandes a prepararse para su misión. “Nuestro estudio debe dirigirse principal, ardiente y diligentemente a esto: que podamos ser útiles a las almas de nuestros prójimos” (LCO77,1). Desde entonces, el estudio ha estado íntimamente relacionado con la misión apostólica de la Orden y con la predicación de la Palabra de Dios.
En la Orden, el estudio no debe ser considerado de una manera pragmática, como si sólo fuera un aprendizaje para un oficio. En cambio, el estudio pertenece a la dimensión contemplativa de nuestra vida dominicana, una parte vital de su aspecto cognoscitivo. Y aunque dirigido en primer lugar a la contemplación de Dios y las obras de Dios, la Sabiduría teológica comparte con el don de la sabiduría del Espíritu el amor de Dios y de las obras de Dios, una santa alegría en la contemplación de su plenitud, tanto como un santo dolor ante cualquier herida de su ser.

Santo Tomás de Aquino inscribe la vocación Dominicana “contemplari et contemplata aliis tradere” en una sabiduría estudiosa y comprometida (cf. S Th II-II 188,6, y también en S Th I 1,4;II-II 45,3 co). Una sabiduría tal nos habla no sólo de lo eterno, sino también de “… regulae contingentium, quae humanis actibus subsunt” (S Th II-II 45,3 ad 2; vgl. 19,7). “Pertenece al don de la sabiduría no sólo meditar en Dios sino también dirigir las acciones humanas. Tal dirección se refiere primero y principalmente a la eliminación de los males, que contradicen la sabiduría. Por eso el temor es llamado el comienzo de la sabiduría, porque el miedo nos aleja de los males. En última instancia, tiene que ver con la intención de cómo todo será devuelto al orden que le corresponde: algo que pertenece a la idea de paz” (S Th II-II 45,6 ad 3). El estudio sapiencial se despliega entonces necesariamente como compasión intelectual: una forma de compasión que presupone la comprensión (intellectus) obtenida o desarrollada por el estudio; y una forma de comprensión que lleva a la compasión. “Puesto que así como es mejor iluminar que sólo brillar, también es mejor dar a otros los frutos de la propia contemplación que solamente contemplar” (S Th II-II 188,6 co.). Así, aunque la misericordia y compasión de Dios llegan al mundo en una multitud de modos, por el carisma dominicano llegan a través del estudio y la consuelo de la verdad.

Nuestras constituciones señalan la dimensión contemplativa del estudio llamándola una meditación de la multiforme sabiduría de Dios. Dedicarse al estudio es responder a una llamada a “cultivar la búsqueda humana de la verdad” (LCO 77,2). Puede decirse que nuestra Orden ha nacido de este amor por la verdad y de esta convicción de que los hombres y mujeres son capaces de conocer la verdad. Desde el comienzo, los hermanos fueron inspirados por la audacia innovadora de Santo Domingo que los alentó a ser útiles a las almas por la compasión intelectual, al compartir con ellos la misericordia veritatis, la misericordia de la verdad. Jordán de Sajonia dice que Santo Domingo tenía la habilidad de penetrar hasta el núcleo oculto de muchas cuestiones difíciles de aquellos días gracias a “una humilde inteligencia del corazón” (humili cordis intelligentia: Libellus, nº 7, MOPH XVI, Roma 1935, pág. 29).

El estudio está así unido a esa misericordia que nos mueve a proclamar el Evangelio del amor de Dios al mundo y la dignidad que resulta de tal amor. Nuestro estudio nos ayuda a percibir las crisis, necesidades, anhelos y sufrimientos ajenos como propios (cfr. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II 30,2 co: “…Quia autem tristitia seu dolor est de proprio malo, intantum aliquis de miseria aliena tristatur aut dolet inquantum miseriam alienam apprehendit ut suam”).

La misión intelectual de la Orden nos llama a compartir no sólo la “gaudium et spes”, sino también el “luctus et angor” de nuestro tiempo, sus lágrimas y temores: “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de la gente de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres, y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por gente, que, reunida en Cristo, es guiada por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y ha recibido la buena nueva de salvación para comunicarla a todos. La iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (Gaudium et Spes 1).

Los desarrollos históricos de los tiempos recientes han sido ambivalentes. Por una parte, los derechos humanos han sido declarados más claramente que nunca antes, y los avances técnicos y médicos han hecho mucho para reducir el trabajo y el sufrimiento físico inútiles. Pero por sus numerosos reduccionismos teóricos y muchos de sus desarrollos políticos y sociales, especialmente aquellos que privan de sus derechos humanos a grupos enteros de personas, los últimos dos siglos han intensificado también la duda acerca de uno mismo, que nunca estuvo lejos de la vida humana, dejando una herencia que también caracteriza el principio de nuestro siglo actual. Con no menos apremio que san Agustín, cada persona de nuestro tiempo puede decir “Quaestio mihi factus sum” (Conf. X 33).

Este cuestionamiento del valor humano es una parte intrínseca de nuestras acuciantes quaestiones disputatae actuales. La duda acerca de uno mismo, en lo que atañe a la dignidad humana colorea las tres antiguas preguntas que, desde Kant, se ha dicho que constituyen juntas la pregunta abarcativa: ¿qué es un ser humano? Estas tres preguntas, ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué puedo esperar? suscitan dudas interrelacionadas acerca de la capacidad de los seres humanos para la verdad, para la libertad, y para la vida eterna, piden la compasión intelectual conseguida en buena parte por la tarea del estudio. El estudio asiduo de las quaestiones disputatae actuales debería conducirnos a entender las presiones que llevan a dudar, sin ceder a la desesperanza acerca de la dignidad humana: “Credidi, etiam cum locutus sum, ego humiliatus sum nimis; ego dixi in trepidatione mea: omnis homo mendax” (Salmo 116/115,10-11).

Sintiendo la trepidación de nuestros tiempos, especialmente acerca de nuestra capacidad para la verdad, y viendo como nuestra la múltiple humillación de la vida humana, pero llevando aun al mundo la confianza del Evangelio junto con su concomitante demanda de justicia y paz, el estudio dominicano debe estar marcado tanto por un hábito de humildad como de confianza en la misión “paraclética” de la iglesia, defendiendo la dignidad proclamada en la creación y la redención y ayudando a hacer en nuestro tiempo creíble la fe. De esta manera el estudio dominicano puede y debe servir a la misericordia veritatis.

La multiforme crisis acerca de la dignidad humana es también una crisis acerca de Dios. Pertenece al estudio dominicano aprehender el vínculo entre las dos, buscando hasta dónde nuestra pérdida de Dios lleva en última instancia a nuestra pérdida de la dignidad humana y encontrando nuevamente ambas cada una con la otra. Por esta razón es tan imposible para un estudio dominicano dejar de lado las preguntas fundamentales acerca de Dios, la historia de la salvación o las últimas verdades de la creación, como lo es dejar de lado los interrogantes por la paz, la justicia y el servicio a que nos lleva el Evangelio.

Los Dominicos compartimos con otros la suerte de nuestros tiempos. En consecuencia, el estudio dominicano está marcado por el diálogo y la cooperación en la búsqueda de la verdad. Para defender la dignidad de la creación en nuestro propio tiempo y en nuestro futuro, el estudio dominicano busca ser anamnético (rememorativo) haciendo memoria de los sufrimientos e injusticias del pasado junto con las riquezas y aciertos de aquellos que nos han precedido.

Nuestra confianza para tomar parte en las quaestiones disputatae de nuestro tiempo debe surgir de nuestra confianza de que somos los herederos de una tradición intelectual que no debe ser preservada en un congelador intelectual. Está viva y tiene una importante contribución que hacer hoy. Se apoya en intuiciones filosóficas y teológicas fundamentales: una comprensión de la moral en término de las virtudes y crecimiento de las virtudes; la bondad de toda la creación; confianza en la razón y en el rol del debate; alegría en la visión de Dios como nuestro destino; y una humildad ante el misterio de Dios que nos lleva más allá de las ideologías.

Ésta es una tradición de inmensa importancia en un mundo que frecuentemente es tentado por pesimismo intelectual, falta de confianza en que la verdad puede ser alcanzada, o por un fundamentalismo brutal. Está fundada en la confianza de que tenemos una propensio ad veritatem (LCO 77,2). Es de inmensa importancia en la Iglesia, que frecuentemente está dividida por diferencias ideológicas con teólogos disparándose unos a otros desde trincheras opuestas, y en la cual hay frecuentemente temor de un verdadero encuentro intelectual con aquellos que piensan diferente.

Como la misericordia que cultiva, el estudio dominicano es un estilo permanente de vida, alimentado por recursos contemplativos y comunitarios. Apuntando a la percepción y alivio de la necesidad humana, el estudio dominicano debe valorar especialmente los recursos ofrecidos por la filosofía junto con sus ciencias cercanas humanas, sociales y naturales. El futuro de nuestra tradición filosófica pertenece a las cuestiones más urgentes con las que se enfrenta la misión intelectual de la Orden.